2 de junio de 2008

MISTERIO ELECTRICO






MISTERIO ELÉCTRICO
Jesús Giráldez Macía

Las primeras sospechas vinieron del aire. Un olor ácido llegaba en oleadas por los soplos esporádicos del viento sur. El aire envenenado obstruía narices e irritaba gargantas y los otorrinos recetaban, cada vez más, pócimas que aliviaban pero no curaban. Los niños, víctimas propicias e indefensas, fueron los más afectados.
Las noches en calma aportaron la segunda pista. Primero los perros que lanzaron aullidos lastimeros sin causa aparente; más tarde fueron los oídos humanos más sensibles los que detectaron un zumbido tembloroso que procedía del interior de la tierra.
Y el mar también cambió de color y de vida. Ya no había transparencias y la diversidad de peces se transformó en la uniformidad monótona de las especies más adaptables a las aguas turbias y dañinas. Los elementos se habían rebelado misteriosamente contra las personas: tierra, agua y aire ya nunca serían lo mismo.
Algunas personas –víctimas de otros espacios contaminados – fueron atando los cabos sueltos de la sintomatología. Y hallaron la respuesta: habían instalado una central térmica en el Valle de Agando, en la costa de Gran Tarajal.
Y entonces surgieron las dudas, las preguntas, los reproches, los lamentos. Desde hacía tiempo sus habitantes sabían de cónclaves secretos propiciados por los que viven protegidos en sus castillos aislados. En ellos se negociaban trueques perversos, contraprestaciones malditas: salud por euros, naturaleza por contratos basura, aires livianos por metales pesados.
Y sus habitantes se arrepintieron de por vida por no haber defendido el silencio cuando todavía existía, de no haberse rebelado contra los vendedores de humos intoxicados, de no haber visto más allá de las laderas que impone la ceguera de los que no quieren ver.
Y el sol, el viento y el mar, ofreciendo gratuitas todas sus energías, limpitas y renovables. Y compatibles con pulmones sanos, con bogas y doradas sanas, con los asederitos arrullados por las mareas que alivian nuestras efímeras existencias. Demasiado sencillo para verlo, demasiado barato para no engordar fortunas. Demasiado evidente para que sea un misterio: cómo instalar una fábrica de veneno al lado de nuestros hogares gracias a nuestra colectiva pasividad en la brega.